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VIGÍAS DE HORIZONTES INEXPLORADOS

12-noviembre-2015
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VIGÍAS DE HORIZONTES INEXPLORADOS.


Por: Pepe Bustamante.


3 de noviembre de 2015


Tal vez a todos nos ha pasado, en algún momento después de dar nuestra última clase de un


viernes (¡o sábado!), que no sabemos cómo fue que terminamos siendo docentes. Me ha


tocado escuchar muchas historias distintas, algunas de ellas muy divertidas: están quienes


necesitaban un trabajo estable para sostener otros proyectos o los recién egresados que


consiguieron una oportunidad en una prepa. También los hay quienes recibieron una


llamada para invitarlos a cubrir una o dos clases, y misteriosamente permanecieron por


años y años. Y, por supuesto, quienes estudiaron para ejercer esta profesión, aunque en las


salas de maestros de nuestras prepas suelen ser los menos.


¿Qué nos mantiene en esta profesión? Ciertamente, uno necesita el dinerito para mantener a


la familia y darse un gustito de vez en cuándo… Pero la paga sola no basta para cubrir los


días de preparación del curso, la búsqueda de materiales, los diálogos con coordinación, las


juntas, las listas, las tardes en que nuestros alumnos se ponen más inquietos, la corrección


de exámenes, subir las calificaciones a tiempo. Mucho trabajo, mucho estrés. ¿Por qué


Creo que, en el fondo, permanecemos en esta profesión porque la vemos como algo mucho


más que una profesión, valga la redundancia. Me explico: uno no puede permanecer


docente, si no disfruta de las relaciones complejas que se establece con cada alumno y con


cada grupo. Uno no puede permanecer docente si no tiene la capacidad de reponerse


rápidamente de la frustración cuando no consigues el objetivo de aprendizaje que buscaste


con esmero. Uno no permanece como docente si no tiene la capacidad de mirar, así sea de


vez en cuando, el impacto que tu trabajo puede tener el futuro de una persona, de un grupo.


Hace rato que nuestro país tiene problemas para valorar el papel del docente en la sociedad.


Se espera mucho de él: profesionalismo, conocimiento, respeto a los derechos de niños y


jóvenes, abnegación, coherencia. Pero en general, la sociedad mexicana valora poco lo que


hacemos. Me atrevo a hacer esta afirmación, porque con demasiada frecuencia caemos en


la cuenta de que nuestros alumnos, a quienes preparamos para tener éxito en la vida y en la


profesión, viven vidas con más satisfactores que nosotros. Pero, a pesar de que ni la


sociedad ni nuestro sistema educativo hacen lo suficiente por darle relevancia a lo que


hacemos, nosotros seguimos aquí.


Pareciera que fuimos enviados a la cofa por el capitán del barco (la cofa es la tablita arriba


del palo mayor de una embarcación, a donde se enviaba al vigía). Pero este puesto,


aparentemente separado de la vida de la tripulación escolar, donde al parecer se determina


el destino de la educación, nos permite otear antes que nadie los horizontes inexplorados de


los mundos por venir.


Nuestro contacto directo con los alumnos nos humaniza, nos hace sensibles a su historia y a


sus historias. Nos permite –si nos lo permitimos- medir el impacto y la pertinencia de


nuestra labor a través del interés que los jóvenes manifiestan en lo que con ellos


compartimos. Y, ciertamente, disfrutamos en primer lugar, de su energía y creatividad. Y


nos sabemos afortunados por ello.


Y es así como, cuando conseguimos imaginarles ya graduados, profesionistas y prontos a


iniciar su vida autónoma como adultos, nos embarcamos junto con ellos en la emocionante


cruzada de la formación. Cuando los conocemos y acogemos como parte de nuestra vida,


buscamos hacer una alianza con ellos, en la que aportamos la experiencia, y recibimos la


fuerza de la juventud y la creatividad. Alguien me dijo alguna vez que éramos como


vampiros, chupando la fuerza vital de los jóvenes. ¡Nada más equivocado! Lo nuestro es


sembrar, abonar, regar. Y sabemos que en contadas ocasiones cosechamos lo que nosotros


Eso sí, somos beneficiarios directos, todos los días, de lo que otros colegas sembraron antes


que nosotros. Ser docente implica, también, ese desapego para que sean otros los que


disfruten lo que a nosotros nos costó sudores. Y cada día, subidos en nuestra cajita de


vigías, miramos con atención el horizonte, para anticipar lo que nuestros alumnos


necesitarán el día de mañana. E intentamos que lo aprendan.

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