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Reflexiones sobre la resiliencia en las escuelas - BPA

11-febrero-2017
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Reflexiones sobre la resiliencia en las escuelas


Judith de la Mora Ruiz


Coordinadora Operativa del Bachillerato Pedro Arrupe, SJ.


Hay dos palabras que vienen a mi mente cuando pienso en el contexto de hoy: crisis y movimiento.


Comienzo por la segunda: nuestro mundo, nuestro país, nuestro entorno, está impregnado por la


sensación de cambio continuo, de una temporalidad “líquida” como Bauman la nombró y que


continuamente aumenta su “tempo” de manera exponencial, a la par que la primera palabra: crisis.


Hablo desde el contexto en el cual nos toca actuar. En el Bachillerato Pedro Arrupe, SJ., hemos


conocido, a través de las historias de cada uno de nuestros estudiantes, las formas que adopta la


crisis en la vida cotidiana de quienes sufren un entorno socioeconómico desfavorecedor: violencia,


inseguridad, desempleo, desnutrición, rezago educativo y cultural, discriminación, enfermedad,


migración, trastornos psíquicos, entre muchas otras. Ante esto, hemos dirigido la mirada a la


resiliencia, “esa cualidad humana universal que está en todo tipo de personas y en todas las


situaciones difíciles y contextos desfavorecidos que permite hacer frente a las adversidades y salir


fortalecido de las experiencias negativas.” (Vanistaendel, 2002; en Uriarte, 2006)


Toda institución descubre en las vidas de sus estudiantes situaciones retadoras para su aprendizaje;


sin embargo, podemos identificar una gran diferencia entre las escuelas que para enfrentar estas


situaciones se guían desde la perspectiva de riesgo y aquellas que se enfocan en la resiliencia. Las


primeras se inclinan por programas que intentan compensar la desigualdad con la que provienen los


estudiantes que viven en entornos desfavorecidos; mientras que las segundas se basan en la


convicción de que todo ser humano tiene un “punto de apoyo”, sea cual sea su situación y su historia


particular, a partir del cual puede construir un mejor proceso de desarrollo (Uriarte, 2006). Esta


diferencia se puede entender mejor cuando observamos que la segunda perspectiva enfatiza la


capacidad de toda persona de desarrollar su potencial y se intenciona el trabajo en la autoestima, la


asertividad, la flexibilidad de pensamiento y la creatividad, el autocontrol emocional, la confianza en


sí mismo, la iniciativa, el sentido del humor y la moralidad, por poner algunos ejemplos.


Siguiendo al mismo autor, y en consonancia con lo que he observado en la cultura de nuestra


escuela, parte de las acciones que se deben procurar para fortalecer la resiliencia en los estudiantes


es ofrecer afecto y apoyo. Sin éste, sería prácticamente imposible superar las dificultades que


nuestras chicas y chicos enfrentan a diario. El afecto, en conjunto con una justa exigencia, establece


una base que provee de fuerza de voluntad y de sentido al quehacer escolar, pues más allá del éxito


académico se enfatiza la importancia del desarrollo pleno e integral como personas. La afectividad


ayuda a que los estudiantes se comprendan a sí mismos y a su entorno físico y social, a la vez que les


facilita la comprensión del sentido del proyecto y su participación activa en el mismo (Uriarte, 2006),


y en consecuencia, el logro de los propósitos educativos de la institución.


Ahora bien, hablar sobre la construcción de una cultura de resiliencia en las escuelas nos remite


necesariamente a reflexionar respecto los principales actores que la construyen: el profesorado y la


dirección. Ambas son figuras que representan una influencia directa en el clima escolar, así como en


las actitudes que los estudiantes adoptan ante su proceso de aprendizaje, y me atrevo a decir, ante la


vida misma. Dando un paso más allá, la figura del director es clave para la generación o


transformación de dicho ambiente, por los múltiples ámbitos de decisión y acción que le


corresponden por su lugar en la institución. Es así que Day y Gu (2015) reconocen que “los profesores


pueden reaccionar positiva o negativamente a la presencia de las circunstancias que supongan un


reto, y esto dependerá de la calidad del liderazgo organizacional [de la dirección] o de los colegas


(…)”, o también, en nuestro caso particular, de las y los coordinadores con los cuales trabajan


directamente.


Los mismos autores citan un estudio realizado por Day y Johnson (2008), en el cual se enuncian cinco


ámbitos por los cuales los directores pueden construir resiliencia en sus escuelas:


1. Elevar la importancia del aprendizaje relacional y social, al igual que el éxito académico.


2. Construir y sostener una comunidad de padres inclusiva.


3. Construir un sentido de identidad colectiva y de un propósito común.


4. Construcción de un sistema de valores, creencias y ética.


5. Creación y sostén de una red de liderazgo confiable.


Esto implica que los directivos asuman riesgos y busquen gestionar de manera creativa y optimista


las situaciones ambiguas o problemáticas que enfrenta la escuela, así como construyan la confianza


en sus relaciones organizacionales y fortalezcan el equipo de líderes con los cuales trabajan.


A partir de estos planteamientos dejo una pregunta abierta para nosotros quienes trabajamos en


educación, y de forma especial lanzo la invitación a los directivos o coordinadores de las


instituciones: ¿Cómo propiciamos el desarrollo y el fortalecimiento de la resiliencia en nuestros


docentes y en nosotros mismos?


Referencias


Uriarte, Juan de Dios (2006) Construir la resiliencia en la escuela. Revista de Psicodidáctica, vol. 11,


núm. 1, pp. 7-23. Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea Vitoria-Gazteis, España.


ISSN: 1136-1034.


Day, Christopher; Gu, Qing (2015) Educadores resilientes, escuelas resilientes. Construir y sostener la


calidad educative en tiempos difíciles. Ediciones Narcea. Madrid, España.

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