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La gran necesidad de nuestro mundo

15-diciembre-2015
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LA GRAN NECESIDAD DE NUESTRO MUNDO:


“EXPERIMENTAR  EL INMENSO AMOR, EL CONSUELO Y LA MISERICORDIA DE DIOS”.


 


 


Cada día escuchamos en los noticieros y en los diarios el incremento en el número de muertes de inocentes, casos de violencia, países que están en guerra por intereses económicos, políticos, sociales y/o religiosos. La cantidad de personas que han fallecido en Siria, Arabia Saudita, Israel, México, Francia, entre muchos otros países es no sólo preocupante sino alarmante.


 


En los hogares e instituciones de nuestro país vemos con mayor frecuencia la presencia de padecimientos como la depresión, el sin sentido de vida, el desinterés por el estudio, las agresiones verbales o físicas, las enfermedades de origen psicológico, físico, moral, la escasez o poca importancia en las responsabilidades asignadas y otras manifestaciones que lamentablemente van deteriorando y disminuyendo la esperanza y la seguridad de cada persona. La escasez económica, el abandono, el distanciamiento de padres e hijos, la luchas entre las prioridades e intereses generada por el egoísmo y el individualismo también son muy preocupantes.


 


¿Qué está pasando? ¿Qué nos está pasando?


Pareciera que un vendaje cubre no sólo nuestra vista sino los ojos del corazón, que nos impiden ver las necesidades de los demás, el dolor de quienes experimentan estas contrariedades.


 


Ante una campaña que pretendía beneficiar a niños y adolescentes con enfermedades terminales escuché una voz decir algo que me dolió en el corazón: ¿Para qué regalarle algo a ese niño o niña si de todas formas se va a morir? ¿Será que el corazón del hombre se ha hecho duro e insensible? ¿Qué necesitamos hacer? ¿Qué pasos tenemos que dar para formar a nuestros alumnos, a nuestros hijos?


 


El Papa Francisco marca nuestro tiempo con un llamado especial; un llamado que brota de Dios a través de nuestro pastor, un llamado para convocar a todo aquél que quiera, que necesite experimentar la cercanía y la gran misericordia de Dios poniendo énfasis en el encuentro, en el permanecer alerta para redescubrir nuestra misión como Iglesia: ser signo e instrumento de la misericordia de Dios (Cf. Jn. 20, 21-23).


 


A eso vino Jesús, por esta razón nace, para mostrarnos la ternura que Dios ofrece al mundo entero y de manera especial a quienes sufren, a los que están abandonados, a los más pobres y desamparados, a los rechazados por la sociedad y para traer una esperanza para cada hombre, cada mujer, niño, joven, adulto o anciano se sepa hijo perdonado y muy amado del Padre.


 


Con su vida, Jesús nos enseña de manera especial y constante a amar y consolar a todos estos a quienes nosotros hacemos la guerra y por ese medio consolar a Jesús que sufre en ellos. Nos invita a hacer lo mismo: a ser misericordiosos como su Padre, a pasar del egoísmo al amor, de la indiferencia al compromiso, de la tristeza a la alegría, de la guerra a la paz, al diálogo, al perdón, a abrazar con el corazón la miseria del hermano, a ser prójimo para aquellos que están a nuestro lado y solidarizarnos con los que viven calamidades.


 


¡Qué distintas serán nuestras familias, hijos, alumnos si vivimos el amor, la bondad y la misericordia de Dios!


 


Por eso, el pasado 8 de diciembre, el Papa Francisco en Roma abre la Puerta Santa para dar inicio al Año de la Misericordia, invitándonos a sentir intensamente dentro de nosotros la alegría de haber sido encontrados por Dios, que busca a sus ovejas perdidas, un jubileo para recibir el gran amor de Dios, para ser tocados por Jesús que transforma los corazones, que hace posible la hermandad, que sana las heridas más profundas y ofrece un camino de perdón. (Cf. Carta Apostólica Misericordiae Vultus).


 


Es urgente que vivamos en sintonía con el sueño que tuvo Dios Padre al crearnos: que  amemos, que consolemos, que perdonemos, es decir, ¡Que  hagamos posible el Reino de Dios aquí en la tierra!


 


Pidamos a María Inmaculada, la Virgen del Adviento, que esta navidad nos ayude a disponer el corazón de una manera real, consciente y comprometida para que Jesús nazca en cada uno de nosotros, para que experimentándonos amados, seamos testigos y demos testimonio de la Gran Misericordia de Dios para la humanidad.


 


                                                                                                                                                  


Hna. Maricela de L. De la Cruz Allende


Misioneras Hijas de la Purísima Virgen María. MHPVM.

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