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El MAESTRO

15-diciembre-2015
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El MAESTRO


 


Cualquiera sea tu credo, sin duda te ofrece “maestros” que te guíen. Hoy quiero presentarte al MAESTRO, y sin polémicas, invitarte a reflexionar sobre su persona ya que estamos en esta labor de trascendencia. Estoy segura que puedes tomar gustoso algunas de sus enseñanzas.


 


Quien sigue a Cristo es y debe ser un perpetuo DISCÍPULO, un aprendiz, alguien que permanece en todo momento a la escucha del Maestro, en actitud de docilidad, queriendo aprender y dejándose enseñar.


 


En Israel, seguir a un maestro o rabí partía de la iniciativa del discípulo, quien lo elegía, lo cambiaba o podía tener varios maestros. En el caso de JESÚS todo es distinto. Él es quien nos dice: “No me eligieron ustedes a mí, fui yo quien los elegí a ustedes”. Jn 15,16  Esta ejemplaridad de Jesús como Maestro fue única y absoluta; él se constituyó en ejemplo porque sus actos eran auténticos, justos y naturales.


 


El primer título que sus contemporáneos dan a Jesús es el de “maestro” a veces en forma de Rabí o de Rabboni. Así le llaman antes de oírle siquiera hablar impresionados, sin duda, por su porte: “maestro, ¿dónde moras?” Jn 1, 38. Así le bautizaron las gentes que se quedaron admirados de su enseñanza Mt 7, 28 y con este título de respeto, extraño, porque carecía de toda enseñanza oficial para poseerlo, le trataron siempre los fariseos: “¿por qué su maestro come con pecadores?” Mt 9,11 “¿Por qué su maestro no paga el impuesto?” Mt 17,24. “Maestro, sabemos que has venido de Dios…” Jn 3,2 “Maestro sabemos que eres veraz” Mt.22,16 “Maestro, ¿cuál es el mandato mayor de la ley?” Mt 22,36 “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida…”Jn 8,4


 


Con el título de maestro se dirigen a él sus íntimos: “El maestro está ahí y te llama.”( Jn 11,28) dice Marta a María. Y María le llamó Rabboni cuando le encontró resucitado.


 


Con ese nombre se dirigían a él casi siempre sus apóstoles. “¿Acaso, soy yo, maestro?” Preguntará Judas en la cena (Mt 26,25). Y con un “!Salve, Maestro!” le traicionó Mt 26,49.


 


Jesús aceptó siempre con normalidad este título que usó él mismo en su predicación: “No es el discípulo mayor que el maestro” Mt 10,24 , o cuando envió a los apóstoles a preparar la cena les ordenó que dijeran al hombre del cántaro: “El maestro dice: mi tiempo está próximo, quiero celebrar en tu casa la pascua”. Mt 26,18. Reconoció incluso que ese título le era debido: “Ustedes me llaman maestro y señor, y tienen razón, porque efectivamente lo soy. Pues bien, si yo, que soy el maestro…” Jn 13,13 Sólo en una ocasión trató de quitar a esa palabra todo lo que puede encerrar de insensato orgullo: “Ustedes en cambio, no se dejen llamar maestro, porque uno es su maestro, y todos ustedes son hermanos.” Mt 23,8.


 


El mismo pueblo entiende que el título de maestro le queda corto, insuficiente a Jesús: no sólo hace cosas admirables y lo hace con autoridad, (Mt 7,28) sino además, acompaña sus enseñanzas con gestos admirables y con signos y “obras de poder” I Tes 1,5 fuera de lo común. “Hoy hemos visto cosas extraordinarias” Lc 5, 26 dicen al principio. Y enseguida comentan: “…un gran profeta ha surgido entre nosotros: Dios ha visitado a su pueblo.”  Lc 7,16


 


Cuando Andrés y Juan le dicen: “¿Maestro dónde vives?” Comienzan a llamar maestro a alguien que según todas las apariencias es un trabajador como ellos. Jesús sabe que no buscan casa, una idea, una verdad, buscan una persona, un líder a quién seguir. No buscan una persona a quién conocer, buscan a alguien con quién vivir, alguien cuya vida y tarea puedan compartir. Le han pedido su amistad y él la abre de par en par. “Y fueron y vieron donde moraba y se quedaron con  él aquél día.” Jn 1,39


 


El Maestro atrae. Andrés le comunicó a Pedro de su hallazgo y ambos se encaminaron hacia Jesús. El maestro fijó sus ojos en Pedro, una mirada que bajó hasta el fondo del alma del recién llegado, una mirada que interpretaba y creaba un destino y le dijo: “Tu eres Simón, te llamarás Pedro” Jn 1,42.


 


El Maestro contagia, arrastra: “Hemos encontrado a Aquél de quien escribieron Moisés y los profetas…” y conocemos el pasaje cómo termina: “Maestro tu eres el Hijo de Dios, Tu eres el Dios de Israel!” Jn 1,49. Jesús no les pidió que le siguieran apenas nacida una amistad. Una vocación es una cosa muy seria y Jesús quiere jugar limpio sin aprovecharse de un primer impulso del corazón. Dejó que se regresaran a sus casas y volvió para arrastrarlos con el viento de su gran aventura. ¿Quién era este hombre que así conocía a las personas que con una simple mirada bajaba hasta lo más profundo de sus corazones y que anunciaba que esto era sólo el prólogo de lo que se avecinaba? Se sentían felices  y asustados de haberle conocido.


 


El Maestro habla del sentido de su vida y no deja lugar a ambigüedades: Yo no he venido a traer la paz, sino la guerra” Mt 10,34; “No he venido a los justos, sino a los pecadores”. Mt 9,13; “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir”. Mt 20,28


 


El Maestro es inflexible con los vacilantes: “Deja a los muertos que entierren a sus muertos”. Mt 8,22; “No se puede servir a dos señores”. Lc 16,13; “El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no es apto para…”. Lc 9,62.


 


El Maestro posee soberana decisión: “El cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán”. Mc 13,31. No hay en él indecisiones, pero tampoco precipitaciones. Da tiempo al tiempo, impone a los demás y se impone a sí mismo el jugar siempre limpio, llamar “Sí” al sí y “No” al no. Mt 5,37.


 


El Maestro posee independencia que impresiona a sus contemporáneos a quienes llamaba la atención más que lo que decía, el modo como lo decía: “se maravillaban de su doctrina pues les enseñaba como quien tiene autoridad.”  Mc 1,22 Nadie quedaba indiferente ante sus enseñanzas. Los efectos eran distintos: aceptadas por los pequeños y sencillos, rechazadas por los sabios y soberbios.


 


El Maestro  enseña a no excluir a nadie de nuestra comprensión fraternal: Si ustedes aman a los que los aman, qué premio tendrán?”.  Mt 5,46.


 


En el Maestro, sus propios adversarios reconocen la libertad de sus opiniones: “Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas de verdad el camino de Dios y no te dejas influenciar por nadie…”  Mt 22,16.


 


Era esta libertad de su alma la que atraía a sus discípulos e impresionaba a los mismos fariseos. Por eso sus apóstoles no pueden resistir su llamada: dejan las redes o el banco de cambista con una simple orden.


 


Compuso el Padre nuestro en forma muy estudiada como hacían los maestros de su tiempo, para que fuera más fácil de memorizar. En el idioma de Jesús las iniciales de los primeros versos formaban la palabra “venir” la cual es la palabra clave de esta oración: ¡Venga tu reino!


 


El Maestro, después de levantar su bandera de revolución –Se acerca el reino de Dios- añade un tremendo imperativo que enarbola como una espada: “!Conviértanse!”. Como Maestro, Jesús logró atraer y encantar las multitudes quienes acudían caminando largas distancias para oírlo y quienes lo buscaban incansablemente, pues enseñaba con autoridad.


 


Nicodemo hondamente impresionado, comienza dándole el título de “Maestro”, un cumplido que ya era mucho, puesto en boca de un príncipe de los judíos y dirigido a alguien cuyos estudios eran totalmente desconocidos: “Rabi, nosotros lo sabemos: tú has venido de parte de Dios y como doctor” Jn 3,2.  No cabe más claro reconocimiento. A Jesús, parece no importarle el título, no hace caso de él y le habla de un nuevo nacimiento, de un cambio radical. Hacia allá lleva un verdadero maestro.


 


El Maestro es un psicólogo excepcional, especialista en derribar fronteras: la samaritana: “Dame de beber…” “Si conocieras del don de Dios…” Jn 4,1-26. Posee como características de su magisterio  paciencia, renovación, seguridad, deseo de sembrar paz, de cambiar el mundo en sal y luz, evita estacionarse en la mediocridad o quedarse a medio camino. Es casa donde se hospeda la verdad (Mt 5,14) no  quiere encender una lámpara y colocarla bajo una vasija de barro… “brille su luz ante los hombres…” Mt 5,16.


 


 


Pero más importante es lo que dice el Maestro acerca de su palabra. Es el Espíritu Santo que él posee, su maestro, porque enseña por dentro y desde dentro:


“Yo les aseguro que el que pone en práctica mi palabra, no morirá nunca”. Jn 8,51


“El que me ama se mantendrá fiel a mis palabras. Mi Padre lo amará, y mi Padre y yo vendremos a él y viviremos en él.” Jn 14,23.


“El Espíritu es quien da la vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida” Jn 6,63.


 


Frente a las enseñanzas de los escribas, su enseñanza tiene tres puntales en este orden, son: PALABRA, VERDAD, LIBERTAD: “Si permanecen fieles a mi palabra, ustedes serán mis discípulos; así conocerán la verdad  y la verdad los hará libres”. Jn 8,31-32


 


He aquí todo un programa para quien se dice, intente, y quiera ser un verdadero maestro.


 


 


 


HNA. MA. ESTELA HERNÁNDEZ VERGARA m.h.p.v.m.


 


 


 


 


 


 


 


 


 


 

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