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A PROPÓSITO DE LAS PALABRAS Colegio Cervantes Loma Bonita

3-octubre-2016
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A propósito de las palabras


Durante el receso o cualquier otro encuentro en el pasillo, nuestro profesor de sexto de primaria, quien además era nuevo en la escuela, solía detenernos y preguntarnos cualquier cosa respecto a nuestra salud o estado de ánimo. Puntualmente respondíamos que estábamos bien, que ya habíamos comido y que nada malo nos pasaba. En ese entonces comprendíamos que este diálogo era un preámbulo para contarnos sobre su última lectura. Y aunque lo hacíamos sufrir fingiendo cierta indiferencia, lo cierto era que nos encantaba escuchar sus historias de vaqueros del pueblo de Warlock, sus relatos mitológicos y  las noticias bélicas de los Balcanes.  En nuestra mente infantil Warlock, el Olimpo y los Balcanes eran invención de nuestro profesor. Quizás fue en este tiempo cuando comprendí la magia de las palabras.


Escuchar las historias de nuestro profesor era una invitación para que nosotros adquiriéramos el hábito de la  lectura, pero en el único año que coincidimos con él  nunca nos dijo que leyéramos cierta novela o compráramos algún libro. Su estrategia fue en exceso sutil. Nos contaba el desarrollo de la historia con entusiasmo, la alargaba y justo cuando la aventura se tornaba en su punto más álgido se detenía y se inventaba una escusa para abandonarnos en una cruel incertidumbre. No nos quedaba más remedio que investigar sobre el origen del la historia, comprar el libro o, en el mejor de los casos, esperar que un compañero se animara a leerlo y tuviera el talento del profesor para relatarnos el desenlace. Probablemente este recuerdo lo esté reinventando y que las cosas no haya sido así por completo (al menos ahora tendré un pretexto para reencontrarme con algunos de mis compañeros y charlar de ello). Sea como fuere, me marcó esta circunstancia como persona, como lector y, muchos años después, como docente.


He dicho que comprendí la magia de las palabras cuando niño y eso me bastó como alumno y en mis primeros años de profesor, pero ahora la exigencia es mayor y la magia tiene que ir acompañada del ímpetu, la fuerza y el cuestionamiento que impone la palabra mmisma. Como docentes tenemos una doble obligación: que el alumno participe en la magia y que se abra el mundo haciendo un revisión minuciosa.


Contemos historias, incentivemos la lectura sin dogmatismos (leer no te hará mejor persona), recomendemos libros como opciones de diversión o sosiego y no como la única manera de incrementar el vocabulario, conocer otras perspectivas de vida, o bien,  para ser más inteligentes. Participar en la escucha o en la lectura de las palabras del otro comprendiendo su postura es practicar la tolerancia, el respeto y la apertura, valores que en los últimos días han estado ausente en algunas manifestaciones en la ciudad. Pero también exijamos que el correlato de la palabra sea la reflexión, el intercambio de postura  y  la crítica.


Nuestro profesor de sexto no tenía idea de lo que significaba sus historias, sus palabras. Falleció hace algunos años seguramente sin conocer la magnitud de las ideas que dejó sembradas. Hoy quise recordarlo por culpa de una lectura. En ella un hombre que trabaja en una prensadora reflexiona sobre su vida rodeada de libros viejos y la importancia de leer; siente una desdicha cuando tiene que acabar con los libros que ya nadie quiere, para evitar la perdida total toma algunos de ellos y se los lleva a su casa, entonces comienza a contar historias a todo el mundo. Este hombre comprende que la palabra lo es todo, que ha estado rodeada de ella siempre y que para sobrellevar su soledad no necesita más. Después, después pasan muchas cosas.

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